Cuando las cosas se tuercen

“Existe en la moda del desarrollo personal, la costumbre de llevar el famoso “empoderamiento” hasta su máxima expresión en todos los órdenes de la vida. Y sin duda, esta práctica que no es otra que resiliencia ante las situaciones de la vida, es necesaria, útil y provechosa.”

Pero cuando las cosas se tuercen, es que se tuercen y punto. En eso reside la resiliencia. Y aceptar que estamos bien jodidos y que nuestro estado de ánimo no está para monsergas en esos momentos es no sólo lógico y muy humano. Es comprensible. Y a veces, hasta necesario.

No siempre vamos a llegar a todo. No siempre vamos a poder mantener el tipo ante un acontecimiento que ha girado nuestro mundo del revés y ha desatado nubes de tormenta sobre nuestras cabezas. Y pretender que todo está perfecto y querer aparentar que estamos por encima del bien y del mal porque somos personas que seguimos un camino espiritual, no sólo es inútil. Es ridículo.

Cuando jode, jode. Punto. Y creo que ya toca decir las cosas como son.

“Me dedico al desarrollo personal. He impartido e imparto charlas sobre ello a menudo. ¡Si hasta tengo un libro de trescientas páginas que es pura resiliencia! Claro. Porque aprender a resurgir de las cenizas es necesario. Porque saber navegar en la tormenta es apremiante. O porque un espíritu positivo y cimentado en la esperanza es indispensable. Y porque tal y como nos cuenta el budismo, entender que todos los estados de la vida son transitorios es inapelable.”

¿Que tal y como nos tomamos el mundo es como este mundo se manifiesta para nosotros? Por descontado. Predico no sólo con la palabra. Sino que también con el ejemplo cada día de mi vida.

Pero hay un abismo entre la resiliencia y esa especie de “fachada mística” que muchos llevan de cara al exterior y el discursito positivista del “aquí no pasa nada, todo es relativo” con el que nos venden la moto. Porque como dice la canción, “cuando nadie me ve” me acuerdo de los padres, madres, y demonios de todo el que me viene a la cabeza. Y me cisco en mi suerte y en todo lo que se mueve una y mil veces si hace falta. Ni el Dalai lama se escapa de esto, te lo aseguro.

Pero ahí está el quid de la cuestión. Porque aceptar que esto es así es el primer paso para empezar a afrontarlo.

Lanzarse a un lago lleno de caimanes pretendiendo que eres un valiente fuertote y que mientras los demás se mueren de miedo tú vas a ir de chulo por la vida y vas a desafiarlos como el iluminado que eres es de insensatos e irresponsables. Porque si no hay más remedio que pasar por el lago por que no hay otro camino, lo sensato y correcto es ser muy consciente de los caimanes. Y el miedo es de gran ayuda para ello, porque te ayuda a ser prudente.

Lo que el Dalai Lama, o cualquier ser verdaderamente espiritual hace cuando se enfrenta al lago de los caimanes de la depresión, la tristeza, el enfado, la ira y la decepción es reconocer que ese miedo está ahí. Y en lugar de quedarse paralizado y dejarse llevar por el terror se adentra dentro del lago mental porque no hay más remedio si quiere sobrevivir.

Y prudente y siguiendo la práctica de la meditación y adquiriendo el coraje necesario, acepta la sombra. Vigila cada paso que da intentando pisar seguro, sereno y atento. Aunque por dentro se muera de miedo. Reconocerlo y aceptarlo como algo natural es el primer paso para cruzar a salvo al otro lado.

“Así que mi crítica hacia esta falsa espiritualidad de hoy en día que pretende que seamos superhéroes de salón no es otra que esta. Porque muchos se han leído cuatro libros de Osho. Un par de la ley de la atracción. Y con suerte alguno de Wayne Dyer o el Dalai Lama.”

Y cuando están delante tuyo se comportan como si los problemas del mundo no fueran con ellos. Pretendiendo ser una especie de Gandhi de barrio que puede lidiar con todo lo que acontezca en la vida.

Algunos hasta se aventuran a dar consejos en las redes sociales o escriben hasta algún que otro libro pretendiendo su “gran despertar” místico como ejemplo. Habría que verlos cuando inesperadamente se les cruza el imbécil de turno con el coche por el carril que no toca y a punto de provocar un accidente.

Porque yo, que tengo un señor libro sobre espiritualidad basado en años -muchos- de práctica espiritual con reconocidos maestros del budismo y el desarrollo personal, me acuerdo hasta de la vecina de su señor padre cuando eso pasa. Que Superman venía de Kripton y no de Tarragona, mire usted.

Wayne Dyer, en su obra “El cambio” relata una historia en la que cita sin ningún rubor como en cierta época de su vida -cuando aún bebía algo de alcohol- pilló un rebote monumental con un camarero que no quiso servirle una cerveza en su restaurante favorito. Y que indignado, hizo moverse a toda la familia al completo y fuera de horario ir a buscar otro restaurante donde tomarse su cerveza a gusto. Y cómo, reflexionando, aprendió una lección de todo aquello.

Todos hemos leído la fábula de Jesucristo expulsando a los mercaderes del templo. El trascendentalista y pacifista Thoreau escribió sin tapujos su famosa Desobediencia Civil. Y en mi libro “El decálogo Universal” explico como los pacíficos monjes Shaolin no han tenido ningún reparo en repartir leña a diestro y siniestro a lo largo de la historia cuando ha sido inevitable hacerlo.

“Superar la trampa del ego no es ir de Buda por la vida. Es mejorar día a día como persona y ser consciente de que somos animales con instintos. Pero la manera en como cedemos ante esos instintos es lo que nos hace o no verdaderamente espirituales. Resiliencia.”

“Pues esto ya me lo dijo mi psicólogo” me dirás. Pues entonces igual mejor que te leas un libro de tu psicólogo en lugar de uno lleno de monsergas y rituales pseudo espirituales para alcanzar una iluminación que en realidad está en el viaje, no en la meta. Y te lo dice alguien que medita, reza y me encanta quemar incienso, velas y escuchar mantras budistas con mis auriculares. Lo espiritual no está reñido con la lógica. Es más, es imprescindible que caminen juntas.

Cuando las cosas se tuercen, se sigue adelante como buenamente se puede. Se intenta ser espiritual al máximo. Se cabrea uno lo imprescindible y luego lo supera cuanto antes.

Y si ha de decir “no puedo más, aquí me paro”, lo dice. Descansa lo que sea. Va al psicólogo. Medita. Reflexiona e intenta ponerse en marcha de nuevo.

Porque la otra cara de hacerse el chulo iluminado, es dejar que te coman los caimanes. Y oigan, como que eso tampoco parece una idea muy agradable. Que aceptación no es rendición, precisamente. Sino todo lo contrario. Al menos eso es lo que defendemos los seguidores del trascendentalismo y lo que pretendo en este rincón personal de Periodismo Alternativo.

 

 

 


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