La Caída

“Parece inevitable que cuando una civilización llega a su punto de máxima firmeza, comienza por alguna causa de saturación social y abuso de recursos a iniciar un inexorable declive. El cual acaba por convertir lo que fue un gran imperio, en la mera sombra de un recuerdo.”

La caída de las grandes civilizaciones no es algo nuevo. Ha ocurrido siempre. Pasó con Egipto, el cual parecía predestinado a durar eternamente y se vanagloriaba de ser el pueblo más poderoso del mundo conocido. Pero no tardó el imperio romano -mucho más práctico y con menos interés por ostentar misterios místicos- en sacarlos de su error.

Los godos conquistaron Roma superando en número y fuerza al decadente imperio“Aunque su prepotencia militar y seguridad en sí mismos se vio también truncada por la inevitable decadencia de un poder que cayó en manos de los Godos. Quienes justamente rencorosos por haber sido olvidados y menospreciados durante años, pasaron a la acción, uniendo su fuerza inquebrantable como pueblo y la tecnología que en años de servicio a Roma habían acabado por aprender y dominar al dedillo.”

También ocurrió por supuesto en las grandes civilizaciones precolombinas. Pueblos con un conocimiento sorprendente para su época, como los Incas, y pueblos con capacidades extraordinarias para manejar los recursos, como los famosos Mayas.

Pero es que también le llegó el turno a sus ególatras colonizadores evangelistas españoles. Y luego cayó la elegante y preponderante Francia de los reyes. También la exhuberante Rusia de los Zares. Y la milenaria y poderosa china. O el globalista imperio económico británico. La Alemania Nazi, y la Rusia soviética… la lista es bastante larga.

Imperios que parecen destinados a perpetuarse en el tiempo que un día dejan de ser sostenibles. Se desgastan por basarse en principios materiales y temporales.

Esto precisamente lo aprendieron con gran pesar los tibetanos. Después de cientos de años de defender una sociedad espiritual, no se dieron cuenta de que muchas de sus instituciones se impulsaban desde una base mundana y material. Para cuando cayeron en la cuenta estaban dispuestos al cambio, pero la caída de una civilización es una bola de nieve que ya no puede detenerse cuando ha empezado a rodar. Y con un elevado y exagerado precio pagaron su autoconfianza.

Afortunadamente, su humildad sí que les permitió algo que dominan a la perfección desde siempre. Reinventarse. Salvaguardar lo verdaderamente importante en pos del beneficio universal. Y su legado resurgió en occidente brillando aún más si cabe bajo la dócil sabiduría del XIV Dalai Lama.

En la actualidad, vivimos otra clase de imperio. Uno más sutil si cabe. Y totalmente orientado a la globalización y la producción. Al igual que hormigas vanidosas, creemos que un pensamiento unitario nos dará poder para mantener a raya a la caída. Pero la vida es cambiante y evolutiva. Y como un león salvaje, busca las maneras de dejar clara su soberanía sobre todas las cosas.

Gaia es el nombre que los griegos otorgaron a la madre Tierra“A pesar del terrible mal que le hagamos a nuestra Gaia. Y a sus ecosistemas y a la fauna y flora mundial. A pesar de que abusemos de los recursos del mundo, éste se recuperará de su enfermedad y seguirá adelante como ha hecho siempre. Los que de verdad se irán al carajo seremos nosotros si no comenzamos a contemplar el mundo desde una perspectiva más empática.”

Y para ello, dejar de mirarnos al ombligo de manera tan sumamente egoísta ayudaría bastante, la verdad.

Como escribí en una anterior editorial, no somos más que una anécdota en la historia del universo. Para el planeta nuestra presencia es como un leve resfriado que se curará pronto, hablando en términos cósmicos. Y así, como un pequeño episodio más, es como pasará nuestra orgullosa civilización a la historia del tiempo.

En su afán por darle placer a los sentidos, muchos destacados personajes creen que por poseer grandes fortunas , no les va a tocar. Que poco conocen el complejo funcionamento del universo. Todos hemos de pasar por el gran aprendizaje, es inevitable.

En la medida en que nos resistamos al mismo, mayor será el golpe que recibamos y nada ni nadie – ni mucho menos nuestras miserables fortunas materiales- van a salvarnos de aprender la gran lección que nos corresponde. A la sazón; que todo ser y cosa forma parte de un organismo indivisible y que toda acción que creemos externa a nosotros, es una acción que da como resultado una consecuencia que, que curioso, ¡Resulta que sí que nos afecta!¡y directamente!

Una verdad incómoda“Si aquellos que creen -ilusos- que controlan el mundo, no aprenden esta gran lección, serán ellos y solo ellos los que acaben por darse de bruces contra el suelo.
En un salto sin paracaídas
y de proporción completamente universal.”

Mientras, los que hacemos lo posible por un mundo mejor con nuestro Periodismo Alternativo y humanista. Con nuestra limitada espiritualidad y con nuestras insuficientes buenas intenciones. E incluso también con nuestras equivocaciones, quizá podemos dormir un poquito más tranquilos.

Pero sólo un poquito. Porque tampoco nos libra nadie de la culpa. Ni del deber de seguir trabajando en pos de un mundo y planeta sostenible.

“Lo que es cierto es que la caída de este modo de vida moderno es inevitable. Caerá tarde o temprano. Como cayeron todas las anteriores y todopoderosas civilizaciones. No se trata de si pasará o no. Si no cuando”

Pero al igual que los resilientes y pacientes tibetanos, quizá aún tenemos la opción de luchar por la promesa de un futuro mejor. Trabajando con la esperanza de un resurgimiento. La promesa de brillar más y mejor en un mundo en armonía con las leyes del universo.