Verdi, que te quiero Verdi 🎻

Verdi fue a la sazón; la primera estrella mediática, el primer ídolo musical al que todos querían imitar. Después de Verdi, se entiende perfectamente que cien años después, los Beatles volvieran locos a los fans con sus melodías.

De todos los compositores clásicos, quizá Verdi sea el que más éxitos, prestigio y riqueza alcanzó. Para los italianos, el compositor más grande jamás existido. Y para el mundo de la música clásica un personaje clave en la transición que llevó a los músicos a ser vistos desde otro punto de vista y ser tomados por iconos sociales.

Giuseppe Verdi, nació en 1813 en su amada villa de Roncole, a la que jamás dejó de lado. Enamorado de esa tierra verde y de olores afrutados, cambió para siempre la fisonomía de la pequeña población. Hizo por ella más que muchos alcaldes y terratenientes. Fomentó empleo, colaboró en el paisaje urbanístico y ayudó a darle un empujón turístico considerable.

Coetáneo de Wagner, no fue sin embargo un transgresor en su género, ni un arriesgado creador de nuevas tendencias. Sin embargo, su frescura y el modo de reinventar la operística sin cambiar su estructura madre, le valió un reconocimiento extraordinario por parte de los críticos. Y fue esa frescura la que cautivó a su público, quien fue finalmente el que le elevó a los altares de la fama.

El pequeño Verdi era de familia humilde y no contaba para nada con una desenvuelta economía que le facilitase sus estudios musicales. Pero por capricho de la diosa Fortuna, tuvo la oportunidad de caer en gracia de Antonio Barezzi.

El tal Barezzi, era en realidad un comerciante apasionado por la música y las artes y vio en el joven Verdi a un futuro genio organista Barezzi fue la clave en el éxito del compositor, pues fue él quien apoyó, pagó y sustentó su carrera durante largo tiempo incluso después de que fuese rechazado como alumno en el gran conservatorio de Milán.

Quizá fue por eso que se trasladó a Busseto (de donde procedía Barezzi) y estudió con el prestigioso Vicenzo Lavigna. Y fue Lavigna quien más influenció sobre su conocimiento musical del clasicismo italiano. Hasta que en el año 1836 fue nombrado maestro de música de Busseto. Se casó ese mismo año con Margherita Barezzi (hija de su benefactor) y tan solo un par de años más tarde obtuvo su primer éxito mediático con la ópera prima “Oberto, conte di San Bonifacio.

Había nacido un músico, pero todavía faltaba algo para que el músico se convirtiera en mito. El “hit” aún no había llegado. Y aunque su siguiente obra fue una gran composición, fue acusado de falta de inspiración y quedó muy descontento con el resultado de la misma. Hasta que cayó en sus manos un libreto titulado “Nabucco”.

Encantado con la historia, se apasionó hasta el punto de crear una obra soberbia. Se había gestado un éxito único en su género. Estrenada en la Scala de Milán en 1842, el público, la crítica y sus coetáneos musicales aclamaron la composición como “obra maestra”. El mito había tomado vida.

Pero si algo supo hacer Verdi, a diferencia de Mozart por ejemplo, fue separar el mito de la persona. De carácter centrado y analítico, Verdi supo administrar de manera ejemplar su éxito y la fortuna que le acompañaba. Sus obras siguientes; “I lombardi alla prima Crociata” y la archiconocida “Ernani” siguieron la misma línea exitosa. Y aquí hemos de incidir sobre un curioso tema. Porque si Mozart fue “la estrella”, Liszt fue “el profeta” y Bach “el maestro de maestros”, Verdi se convirtió rápidamente en “el símbolo patriótico”.

Sus composiciones, no exentas de cierta connotación política, fueron para los italianos un símbolo de la independencia del país y de la identidad nacional. El autor se sentía presionado por la obligación de componer obras sin descanso con tal de satisfacer esa necesidad de “identificación nacional italiana” que le exigía su nueva imagen patriótica.

En 1851 compone “Rigoletto” .Le sigue en 1853 “Il Trovatore” y finalmente “La Traviata” le deja prácticamente extenuado. Decide entonces hacer una pausa. Se retira Busseto y comienza a ejercer de “filántropo”. Sus composiciones ganan en riqueza y se reducen en número. Verdi ya posee una fortuna, ya es un ídolo de masas, un reconocido patriota y un hombre de prestigio. Prefiere tomarse las cosas con calma y componer sólo sobre temas que le apetecen y cuando le apetece.

Así, con ese temple y el tiempo para dedicarle a una obra, nace la mayor entre las mayores. “Aida” (1871) concebida desde un principio para la ópera de El Cairo, se convierte en la obra que siempre quiso componer. La perfección musical que busca todo gran artista y que solo unos pocos alcanzan. A ella le siguen la grandiosa “Otello” y la magnífica “Falstaff”. Auténticas obras maestras incomprendidas por unos coetáneos necesitados de motivación política que no pudieron ver la grandeza de la creación de Verdi, necesitados como estaban de cánones que representasen únicamente la identidad puramente italiana.

Sus últimos años fueron más pausados. Sus composiciones se alejan de la ópera propiamente dicha y con la necesidad de trascendencia que va unido a toda madurez humana, investiga en lo espiritual.

Se nutre de la grandeza de Mozart, de la magnanimidad de Liszt, de la fuerza interior de Wagner y compone su “Requiem”. Y la extraordinaria misa “Te Deum”.

Apenas entrado el nuevo siglo, habiendo traspasado la línea que separa al músico del ídolo, Giuseppe Verdi fallece en Milán víctima de un derrame cerebral. Un duro golpe para una Italia necesitada de héroes. Miles de personas asistieron a su funeral y miles de voces de manera espontánea cantaron “Va pensiero…” al paso del carruaje con sus restos. Lo nunca visto antes con músico de ninguna clase.

Con él nació una mitología para la música. Por él, aún se elevaron a lo más alto los más grandes genios que lo precedieron. Y junto a él permanecen todavía en la gloria de los escogidos.

 

 

 



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