Volcanes. El terrible rugido del mundo

“Los volcanes son el terrible rugido del mundo. Y han rugido desde el principio de los tiempos. Más que intimidantes. Lo que son, es inevitables. Los más recientes y desafortunados acontecimientos en la isla de La Palma en Canarias, lo han dejado bien patente.”

Y me han traído a la memoria un artículo de esos de Periodismo Alternativo que tanto me gustan. El cual publiqué hace unos cinco años en la desaparecida revista Etik, de la que tuve la suerte de ser editor un par de años. Hablando de esa atracción que despierta al mismo nivel que el temor la lenta e inexorable amenaza de los imponentes volcanes.

Dudaba en realidad si subirlo o no, porque siguiendo mi filosofía no intrusiva no acababa de estar seguro de si era demasiado oportunista. Pero se trata de un artículo delicioso y en el que trabajé horas investigando y empapándome de información para ser lo más riguroso posible con el tema. Así, que ¡que demonios! Está rebosante de conocimiento que nos ayudará a comprender un poquito más a esos ancestrales titanes desconocidos. Vale la pena recordarlo.

El dios romano Vulcano regentó su poder. El Hephestos griego, señor del fuego y los metales. Artista frustrado y esposo de la belleza inmaculada e inalcanzable. Es lógico entender como a los pies de las montañosas faldas ardientes de fuego, los antiguos se sentían minúsculos y sobrecogidos. Y es que a la par que su leyenda mágica, han sido siempre motivo de largos relatos y escritos literarios, de investigación y atención con tal de comprender su origen, su causa, su funcionamiento y aprender a conocerlos y dominarlos. La eterna lucha del hombre contra lo desconocido y la naturaleza.

Erupción volcánica en Isla Blanca. Nueva Zelanda“Los volcanes son probablemente el fenómeno más atrayente y curioso de los que despiertan el interés a los humanos. Desde famosos presentadores televisivos que buscan desenmarañar sus secretos en el filo de lo soportable, hasta imaginativos escritores de ciencia ficción, o directores cinematográficos en pos de una historia atractiva. Todos se han dejado cautivar por la magia y el poder del volcán. Puede que sea por su carácter, que al igual que el de un tigre descansando, parece calmado y dócil. Hasta que en un momento indefinido del tiempo, se revuelve y muerde con sus poderosas mandíbulas a todo el que le rodea, dejando tras de sí un reguero de destrucción y desgracia.”

Un volcán en sí mismo no deja de ser una chimenea natural por la que asciende el magma o material orgánico y rocoso en forma incandescente hacia la superficie. Y dicho así pierde parte de su encanto, pero es en realidad lo que és. La leyenda romántica lo envuelve de misterios y razones bíblicas sobre el final de los tiempos; pero eso son sus consecuencias. Y sean o no verdad biblicamente hablando, esas consecuencias no son las causas. Las causas son bastante fáciles de explicar y lógicas de entender.

En los límites de las placas tectónicas del manto y la corteza terrestre se remueven los componentes gaseosos, rocosos y líquidos del interior del planeta a unas temperaturas entre 700 y 1.500 grados centígrados -lo justo para que Alberto Chicote se marque una de sus recetas, pero en plan ciencia-.

Bromas a parte. Toda esta ardiente masa ígnea, espesa, cremosa como hierro fundido, tiene el nombre de magma. Cuando por causa de la presión se crea algún tipo de fractura en la corteza terrestre, la fisura hacia la superficie eleva este magma que cuando sale por la chimenea natural –el famoso cráter– toma el nombre de lava. Esta, es aquella que vemos arrastrándose como un lento dragón de fuego por la superficie del terreno devorando todo a su paso y enterrándolo bajo una especie de corteza que, una vez solidificada, recibirá el nombre de roca volcánica.

La imagen típica del volcán, en forma de cono o embudo invertido es de hecho una consecuencia de la acumulación de esta lava que se solidifica alrededor una vez expulsada desde el interior de la fisura.

Debido a esto, entre otros factores internos, los volcanes no siempre acaban teniendo un forma similar y por ello se dice de manera coloquial que cada uno tiene “su propia personalidad y carácter”, antromorpofizando al fenómeno y volviendo a otorgarle de nuevo ese aire místico o sobrenatural que ya le otorgaban los antiguos cuando los temían y adoraban como dioses, ofreciendo presentes para calmar su furia.

Prácticamente ninguna de las culturas a lo largo y ancho del mundo que han entrado en contacto con el fenómeno geológico se han librado de esta antromorpofización. Se les ha rendido homenaje como padres de la humanidad, se les ha calmado con sacrificios animales y humanos en islas remotas. Considerándolos dioses, se les ha adorado, se ha hablado con ellos, se les ha entregado la vida y las cosechas, viéndose arrojadas al ojo ardiente en pos de una redención que no siempre fue asegurada. Se han odiado como hijos del demonio y acusados de ser los causantes de las peores desgracias humanas.

Y sólo ahora, cuando la ciencia ha conseguido entrar en su corazón, ha logrado llevar allí sus investigaciones y conocimiento, se ha comenzado con arduo trabajo a predecir su comportamiento y entenderlo como una fuerza más de la cambiante e imperturbable naturaleza.

Se conocen volcanes con formas tan diversas como el estratovolcán, cono de escoria, caldera volcánica o volcán en forma de escudo. Hay volcanes submarinos, volcanes activos, volcanes dormidos, e incluso volcanes extraterrestres que actúan de maneras que se nos asemejarían ciencia ficción surgida de la mente de un Asimov en pleno apogeo.

Volcanes extintos, efusivos, estrombolianos, vulcanianos, plinianos, peleanos, fisurales…. Imposible hablar de todos ellos en un mero artículo informativo. Pero todos obedecen a un patrón de conducta, si es que se le puede llamar así. Todos actúan de una manera concreta y los de cada clase son sorprendentemente parecidos entre sí.

Tememos a los más activos. Y aunque convivimos con ellos, conocemos su amenaza. Sin embargo no siempre lo más evidente es lo acertado. Se conoce, gracias a las más recientes investigaciones, que un volcán dormido puede ser tan peligroso o más que uno activo. E incluso que si un volcán extinto (más de 25.000 años de inactividad) se despertase, sería una catástrofe de dimensiones colosales, pues la acumulación de miles o quizá millones de años de inactividad sería el equivalente a una bomba de cientos y cientos de megatones. Casi hace quererse ir a vivir a la falda del Krakatau; que al menos ya sabe uno de que pie cojea.

En Europa, el más conocido de los volcanes dormidos quizá sea el famoso Vesubio. Su despertar en varias épocas de la historia ha causado estragos sobrecogedores. La famosa Pompeya fue destruida como todos sabemos por la ferocidad de este volcán pliniano. Hoy en día se mantiene la alerta y la vigilancia continuada sobre el volcán, pues se espera en breve un despertar que podría ser muy problemático para todas las ciudades colindantes, incluida Nápoles, que cada día se acerca y acerca más al radio de acción del volcán con su crecimiento demográfico y social moderno y cambiante.

Así son los volcanes. Y quizá los antiguos escribas de todas las religiones no andaban tan desencaminados cuando los trataban de dioses.

Al fin y al cabo poseen el poder de la destrucción total, la aniquilación. Pero también la de la creación y la vida, pues es de sobras conocido como los nutrientes liberados en los piroclásticos sedimentados, son la base de la vida en muchas zonas del planeta. Claro ejemplo de esto es la Patagonia Argentina, por ejemplo.

Atrayentes como gigantes y serenos como el propio tiempo. Los verdaderos herederos del dios Cronos, quien devoraba con crueldad a sus hijos al igual que ellos devoran sus creaciones caprichosos y voraces. Los volcanes son algo más que una mera curiosidad para el ignoto pensamiento humano.

Son el origen de nuestra existencia, las entrañas de la tierra regurgitando hacia el infinito, recordándonos una vez más su supremacía sobre el hombre. ¡Estoy viva! ¡Soy el rugido del mundo! Nos dice desde la lejanía del tiempo.

 

 

 



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